Ciencia ficción.

La literatura de ciencia ficción sufre una maldición: aunque es un género fascinante, repele a un gran número de lectores y a un número astronómico de lectoras. Al escuchar «ciencia ficción», muchos piensan en películas de acción salpicadas de parafernalia espacial. Imaginan rayos láser, alienígenas verdes, o naves que explotan en el vacío… y huyen despavoridos.
Cometen, claro, un error. Porque la literatura de ciencia ficción es en realidad un género reflexivo, con poca acción y muchas ideas. Está repleto de historias para hacernos pensar. ¿Cómo sería no envejecer? ¿qué sentiríamos si pudiésemos oír los pensamientos de los demás? Leyendo descubres que vivir en un planeta árido cambiaría nuestros rituales, o que trataríamos distinto a los demás si no viésemos la belleza en sus rostros. Te planteas si podrías amar a un ser artificial (tiendo a creer que sí), o si querrías vivir en una sociedad de hermafroditas (tiendo a creer que no). Al principio todo eso nos parece ajeno, pero esa es la trampa magistral de la ciencia ficción. Un truco para alejarte de tus prejuicios. Se nos describen mundos lejanos para que los veamos con objetividad, como un explorador que visita una tribu amazónica o un mundo feliz. Solo después, al regresar, te das cuenta de que con tus ojos nuevos ves el mundo corriente de otra manera.

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